Estimad@ Candidat@...
Soy Antonio Maza, un ciudadano mexicano que no pertenece a ningún partido político y desconfía de todos ellos. Y que no sabía por quién votar en las elecciones de 2012 y ahora sigue sin saberlo en las elecciones del 2015. De pura desesperación inicio este blog con la esperanza de que allá afuera alguien me saque de mi confusión. ¿Me ayuda?
Señor/a Candidat@
Señor/a Candidat@
Usted no me conoce y probablemente nunca lo haga. En este blog están mis datos, que no son particularmente interesantes,
Soy un ciudadano mexicano, un votante. He votado desde que tenía 21 años en todas las elecciones federales y locales. No he fallado en ninguna y nunca he anulado mi voto ni votado en blanco. Intento votar este año, una vez más. Y, honestamente, no se por quién hacerlo.
Yo sé que Usted probablemente no leerá estas líneas y, si acaso lo hace, dudo mucho que me conteste. Escribo porque considero un deber cívico resolver mis dudas y votar conscientemente. Y estoy seguro que otros muchos mexicanos compartimos este desconcierto y queremos votar. Mis cartas a Usted van dirigidas a muchos ciudadanos como yo y en cierto modo, a mí mismo. Tal vez escribiendo se me hagan más claras mis dudas y pueda recibir retroalimentación de mis conciudadanos. Y, tal vez, podamos todos con ideas más claras, formar una corriente de opinión, modesta y pequeña pero muy auténtica y que sea para bien de nuestra Patria.
Antonio Maza Pereda
domingo, 29 de marzo de 2015
Predicando a los convencidos
domingo, 15 de marzo de 2015
Tú estás mal, yo estoy bien
No hay que hablar
“No hay que hablar de
política ni de religión”, reza el dicho.
“Es una falta de cortesía. La gente se incomoda. Y, de todas maneras, no se
llega a nada. Solo se pierde la
cordialidad. ¿Para qué arriesgarnos a perder la paz?”
Este ha sido el criterio por mucho tiempo en nuestro país. Uno
de los “mexicanismos” que nunca ponemos en duda. Y de ser algo que empieza siendo parte de los modales
en la mesa y en las visitas, ha pasado a ser una regla de vida. A quienes hemos
tenido la fortuna de haber convivido con familias extranjeras y de ser
invitados a sus casas, con frecuencia nos llama la atención la libertad con que
se discuten temas como estos en la familia, en reuniones de amigos, en la vida
diaria. Pero acá, es una regla de hierro: quedarnos callados para no incomodar.
Hace algunos años, yo fui amablemente invitado a dejar de escribir en un medio
católico. ¿La razón? No debemos hablar de religión ni de política, me dijeron. Y
yo me estaba volviendo incómodo.Hasta hace relativamente poco la política era un tema de
chisme, de chistes, pero no de análisis serio entre ciudadanos. Eso se dejaba
para el “círculo rojo”, los enterados. No para el ciudadano común. Y todavía la
religión es un tema que no se comenta, ni en los medios ni en lo privado, salvo
contadas excepciones. Tal vez en parte porque en los medios tradicionales sigue
fuertemente vigente la ausencia, forzada o no, de los periodistas católicos.
Igual que la regla implícita, pero muy real, de no permitir a los grupos
católicos tener presencia en la televisión abierta y en la radio.¿Y qué hemos ganado con todo ello? ¿Han mejorado nuestros
políticos? ¿Tenemos paz? ¿Ha aumentado la cordialidad entre nosotros? Nuestra
sociedad, ¿se ha vuelto más armónica? Los hechos duros nos muestran que no.Nuestro mutismo en temas de política y religión nos ha hecho
ineptos para entender y discutir esos temas. Nos ha hecho vulnerables a los
argumentos infantiles con los que a veces nos convencen de votar por los
partidos; incapacitados para sostener nuestras opiniones cortésmente, pero con
firmeza y profundidad. No sabemos debatir; sabemos molestarnos y, en el
extremo, atacar y denostar… o hacer chistes y burlarnos. No sabemos convencer
con razones, porque no estamos acostumbrados a defender nuestras ideas. Hemos
desarrollado, como sociedad, un infantilismo en temas políticos y religiosos. Y
las consecuencias están la vista.En este mismo tenor, a los políticos y gobernantes les
conviene que no se hable. Les conviene una ciudadanía muda en temas de
gobierno. Solo los políticos, los expertos y los comunicadores “oficiales”
tienen el derecho de opinar. Para todos los demás, es de mal gusto hacerlo.
Aunque tengan razón: ese no es el tema. Y aunque sea el Papa el que opine, como
ocurrió esta semana. No se le discutió si había razón en lo que el Papa dijo;
se le señaló primero que ignoraba lo que hacía el Gobierno y después que no era
cortés el modo de decirlo, aunque haya sido en una comunicación privada. Y que
reaccionaban con sorpresa y dolor.Creo, sin embargo, que todo esto está cambiando y para bien.
Los nuevos medios, las nuevas redes sociales están haciendo posible hablar y
ser escuchados en una escala que nunca antes había sido posible. Estamos, en
cierto modo, como niños con juguete nuevo. Y usamos estos medios para mil
cosas, unas buenas, otras malas, la mayoría intrascendentes para casi todos
excepto para los que nos conocen. Pero por otro lado, ya no es tan fácil
silenciarnos. Ya es infinitamente más difícil para el “círculo rojo” tener su
información privilegiada. Y esto nos genera una nueva responsabilidad. O
varias. La responsabilidad de hablar en esos temas. La de opinar aunque no
tengamos título de expertos. La de presentar nuestra opinión para que otros la
valoren y nos enriquezcan con sus reacciones. Por primera vez podremos tener
una verdadera opinión pública. Tenemos que usarla con responsabilidad y, en
esencia, el mayor grado de responsabilidad es usarla con un gran respeto por la
verdad. Si lo logramos, la oportunidad de dar mayor solidez a nuestra sociedad
es enorme.
domingo, 18 de enero de 2015
Aquí no ha pasado nada
lunes, 4 de junio de 2012
¿Cómo hará para mejorar la educación?
- Prácticamente todas las escuelas públicas trabajan dos turnos. ¿Dónde se pondrá a los alumnos si se ocupa el doble de horas? La infraestructura actual no basta. ¿Cuánto costará duplicar el número de salones de clase? ¿Cuánto tiempo se llevará hacerlo? Claramente no alcanza un sexenio para llevarlo a cabo.
- Más importante: ¿De donde van a salir el doble de maestros? Porque, dados los salarios actuales, casi todos los maestros trabajan más de un turno. ¿De donde vamos a sacar un millón de maestros para poder duplicar la plantilla de los maestros actuales, y que además sean maestros de alta calidad?
- La pregunta fácil, es la tercera: ¿De donde saldrá el dinero para ese gasto? La respuesta es sencilla: del sufrido causante cautivo, el que siempre paga por todas estas cosas. ¿Cuánto nos aumentarán los impuestos?