Señor/a Candidat@

Señor/a Candidat@

Usted no me conoce y probablemente nunca lo haga. En este blog están mis datos, que no son particularmente interesantes,

Soy un ciudadano mexicano, un votante. He votado desde que tenía 21 años en todas las elecciones federales y locales. No he fallado en ninguna y nunca he anulado mi voto ni votado en blanco. Intento votar este año, una vez más. Y, honestamente, no se por quién hacerlo.

Yo sé que Usted probablemente no leerá estas líneas y, si acaso lo hace, dudo mucho que me conteste. Escribo porque considero un deber cívico resolver mis dudas y votar conscientemente. Y estoy seguro que otros muchos mexicanos compartimos este desconcierto y queremos votar. Mis cartas a Usted van dirigidas a muchos ciudadanos como yo y en cierto modo, a mí mismo. Tal vez escribiendo se me hagan más claras mis dudas y pueda recibir retroalimentación de mis conciudadanos. Y, tal vez, podamos todos con ideas más claras, formar una corriente de opinión, modesta y pequeña pero muy auténtica y que sea para bien de nuestra Patria.


Antonio Maza Pereda

domingo, 29 de marzo de 2015

Predicando a los convencidos

Algo interesante está ocurriendo en estas elecciones. Interesante y grave. Hay un pasmo generalizado, o  casi, en el debate sobre quién debe ocupar el gobierno de Estados y Municipios o representarnos en el poder legislativo.

Partidos y  candidatos están gastando miles de millones en una propaganda claramente ineficaz. Los partidos mayores han perdido apoyo de la ciudadanía y ninguno de los menores ha logrado el apoyo suficiente para substituirlos. La gran incógnita es: ¿Qué tan grande es el número de los indecisos? Porque, de seguir esto así, serán los indecisos quienes el día de las elecciones darán  las sorpresas, cambiando radicalmente todas las previsiones.

Evidentemente, tras de esta situación está la desconfianza ciudadana, más elevada que nunca, hacia toda la clase política. Una campaña basada en el descrédito al contrincante, no está redituando en prestigio para el que ataca. Parece que los ciudadanos empezamos a entender la falacia del “tú estás mal, yo estoy bien”, que comenté en un artículo anterior.

Tradicionalmente, las elecciones intermedias son el territorio del abstencionismo. Lo cual, generalmente, ha beneficiado al PRI, que tiene una mejor organización territorial y también al PRD, no tan fuerte  como  el PRI en este aspecto, pero mejor que el PAN y los partidos menores. Ahí, la propaganda no cuenta. Cuentan las dádivas, los acarreos, las prácticas clientelares, los apoyos o cooptación a los liderazgos locales.

Pero también ha contado, en mi opinión, el hecho de que los estrategas políticos no han podido salir de la trampa de predicar a los convencidos. Me explico: los argumentos que están aplicando en su propaganda, solo convencen a su “núcleo duro”, los que ya están convencidos de las bondades de su partido. Solo así se explican los conceptos que usa en su propaganda. Ejemplos: los adherentes del PRI sí creen que el PRI busca su felicidad. Los indecisos, no. Los adherentes del PANAL  están convencidos de que “ser turquesa” es una excelente razón para votar por alguien. La mayoría de los votantes, no. Los convencidos del PRD sí creen que ese partido es su voz. La mayoría no están tan seguros. En ninguno de esos ejemplos, el argumento usado es suficiente para hacer que los indecisos se adhieran a una fuerza política dada. Mucho menos para convencer a los panistas o a los morenistas de cambiar de partido.

Tristemente, no solo los mercadólogos de la política actúan así. El fenómeno es muy extendido. Los argumentos de los ideólogos, rara vez convencen a los que sustentan otra ideología. Por ejemplo, los socialistas tratan de convencer a los neoliberales usando argumentos marxistas. Esfuerzo inútil: esos argumentos solo convencen a los que ya tienen por lo menos una orientación afín al marxismo. Le ocurre también a otros grupos. Los proponentes del aborto a libre elección, nunca convencen a los que tienen creencias religiosas firmes, con argumentos sobre los errores científicos de las religiones. Los economistas de tendencia monetarista no convencen a los keynesianos. Los religiosos no pueden convencer a los ateos, usando como argumentos su doctrina y sus dogmas.

Dada esa situación habría que desarrollar, en los políticos, argumentos lógicos para convencer a los que no están convencidos. Analizar la lógica de sus argumentos, y encontrar otros que sean creíbles para los que no militan en sus organizaciones. Y, seguramente, también habrá que desarrollar argumentos emocionales o de otros tipos, además de los argumentos lógicos y racionales.


¿Se podrá? Lo dudo. Ya queda poco tiempo para desarrollar otros enfoques. Los partidos tendrán que confiar en la imagen, el carisma y simpatía de los candidatos, la eficacia de los “operadores” y esperar que, de alguna manera mágica, la mayoría de electorado se quede en casa viendo el fútbol. Porque con argumentos como los que están usando, dudo mucho que se recupere el entusiasmo y decisión de los que hoy no están interesados en votar.

domingo, 15 de marzo de 2015

Tú estás mal, yo estoy bien

A menos de tres meses de las elecciones federales y todavía no sabemos bien a bien que proponen los candidatos y candidatas. No es que hayan estados callados, al  contrario. Es que lo que han comunicado no es útil para elegirlos.
Las clásicas frases publicitarias: “Estoy contigo”, “Soy tu voz”, “Busco tu felicidad”, “Sí se puede” y otras muchas, están siendo repetidas de tal modo como si quieran  que las memoricemos. Parece que nos consideran realmente tontos, incapaces de usar la razón para tomar nuestras decisiones. Por eso apelan a nuestras emociones y no a la razón.
Por otro lado, lo que nos dicen es tan parecido que no los distingue. Quieren hacernos creer que se identifican con nuestras necesidades, como si las necesidades de los que ganarán salarios fabulosos fueran las mismas del ciudadano promedio. Nos dicen que son nuestra voz, pero no se han molestado en consultarnos; meramente suponen que su ideología tiene que ser la nuestra. Nos dicen que quieren nuestra felicidad, sin pensar que para muchos ciudadanos la mayor felicidad sería que no hubiera políticos. En otras palabras, señor candidato: si los partidos quieren nuestra felicidad lo mejor que pueden hacer es regresarse a sus casas y dejar que otros gobiernen.
No faltan los mensajes motivadores, del tipo de: ¡sí se puede! Muy efectivo en un partido de fútbol, pero poco útil para saber si ustedes tienen las capacidades para gobernarnos. Y, la joya de los argumentos, de qué color son los candidatos. Como se nos importara mucho si son amarillos verdes o rojos con puntitos blancos.
Recientemente tuve el honor de estar en un Estado que está por elegir a su nuevo gobernador. El debate se estaba centrando sobre si una de las candidatas se había hecho o no el Photoshop y las respuestas eran en el tenor de decir que los hombres también se hacen Photoshop. Todavía no alcanzo a comprender si una persona que no se hace Photoshop en sus fotos es más hábil o más idónea para gobernar que quienes sí lo hacen, pero aparentemente ése es el tema de la discusión.
En el centro de la mayoría de los argumentos (es un decir) está una falacia, una artimaña de lógica que es la favorita de la mayoría de los políticos mexicanos. Esta falacia consiste en creer que si yo puedo demostrar que mi contrincante está mal, en automático estoy demostrando que yo estoy bien. Lo cual es un absurdo. Demostrar que el otro falla no es lo mismo que probar que  yo haré las cosas bien; pudiera ser que los dos fuéramos ineptos. El demostrar que el otro es corrupto, no es lo mismo que demostrar que yo soy honesto. Puede ser que los dos seamos deshonestos. Demostrar que el otro no supo gobernar, no es lo mismo que demostrar que yo seré mejor gobernante.
Pero eso es lo que estamos recibiendo: un debate electoral de ínfima calidad. Un ciudadano sensato y consciente se encuentra en este momento en un dilema. Debe y quiere  votar, pero no tiene ni los conocimientos mínimos sobre los  candidatos, más allá de si usa Photoshop o no, ignora cuáles son sus argumentos, no conoce sus antecedentes. ¿Cómo votar sensatamente?
Señores candidatos: ¿Por qué no usar una ínfima parte de los enormes (y ultrajantes) recursos que han recibido para esta campaña para informarnos ampliamente quienes son ustedes, qué han hecho y que se proponen hacer, de una manera clara y detallada, al alcance de los votantes, no con un lenguaje que solo los expertos entienden?
¿Por qué no prueban, por esta vez, un arma electoral que casi nunca han usado, la Verdad?

No hay que hablar

“No hay que hablar de política ni de religión”, reza el dicho. “Es una falta de cortesía. La gente se incomoda. Y, de todas maneras, no se llega a nada. Solo se pierde  la cordialidad. ¿Para qué arriesgarnos a perder la paz?”
Este ha sido el criterio por mucho tiempo en nuestro país. Uno de los “mexicanismos” que nunca ponemos en duda. Y de ser  algo que empieza siendo parte de los modales en la mesa y en las visitas, ha pasado a ser una regla de vida. A quienes hemos tenido la fortuna de haber convivido con familias extranjeras y de ser invitados a sus casas, con frecuencia nos llama la atención la libertad con que se discuten temas como estos en la familia, en reuniones de amigos, en la vida diaria. Pero acá, es una regla de hierro: quedarnos callados para no incomodar. Hace algunos años, yo fui amablemente invitado a dejar de escribir en un medio católico. ¿La razón? No debemos hablar de religión ni de política, me dijeron. Y yo me estaba volviendo incómodo.Hasta hace relativamente poco la política era un tema de chisme, de chistes, pero no de análisis serio entre ciudadanos. Eso se dejaba para el “círculo rojo”, los enterados. No para el ciudadano común. Y todavía la religión es un tema que no se comenta, ni en los medios ni en lo privado, salvo contadas excepciones. Tal vez en parte porque en los medios tradicionales sigue fuertemente vigente la ausencia, forzada o no, de los periodistas católicos. Igual que la regla implícita, pero muy real, de no permitir a los grupos católicos tener presencia en la televisión abierta y en la radio.¿Y qué hemos ganado con todo ello? ¿Han mejorado nuestros políticos? ¿Tenemos paz? ¿Ha aumentado la cordialidad entre nosotros? Nuestra sociedad, ¿se ha vuelto más armónica? Los hechos duros nos muestran que no.Nuestro mutismo en temas de política y religión nos ha hecho ineptos para entender y discutir esos temas. Nos ha hecho vulnerables a los argumentos infantiles con los que a veces nos convencen de votar por los partidos; incapacitados para sostener nuestras opiniones cortésmente, pero con firmeza y profundidad. No sabemos debatir; sabemos molestarnos y, en el extremo, atacar y denostar… o hacer chistes y burlarnos. No sabemos convencer con razones, porque no estamos acostumbrados a defender nuestras ideas. Hemos desarrollado, como sociedad, un infantilismo en temas políticos y religiosos. Y las consecuencias están  la vista.En este mismo tenor, a los políticos y gobernantes les conviene que no se hable. Les conviene una ciudadanía muda en temas de gobierno. Solo los políticos, los expertos y los comunicadores “oficiales” tienen el derecho de opinar. Para todos los demás, es de mal gusto hacerlo. Aunque tengan razón: ese no es el tema. Y aunque sea el Papa el que opine, como ocurrió esta semana. No se le discutió si había razón en lo que el Papa dijo; se le señaló primero que ignoraba lo que hacía el Gobierno y después que no era cortés el modo de decirlo, aunque haya sido en una comunicación privada. Y que reaccionaban con sorpresa y dolor.Creo, sin embargo, que todo esto está cambiando y para bien. Los nuevos medios, las nuevas redes sociales están haciendo posible hablar y ser escuchados en una escala que nunca antes había sido posible. Estamos, en cierto modo, como niños con juguete nuevo. Y usamos estos medios para mil cosas, unas buenas, otras malas, la mayoría intrascendentes para casi todos excepto para los que nos conocen. Pero por otro lado, ya no es tan fácil silenciarnos. Ya es infinitamente más difícil para el “círculo rojo” tener su información privilegiada. Y esto nos genera una nueva responsabilidad. O varias. La responsabilidad de hablar en esos temas. La de opinar aunque no tengamos título de expertos. La de presentar nuestra opinión para que otros la valoren y nos enriquezcan con sus reacciones. Por primera vez podremos tener una verdadera opinión pública. Tenemos que usarla con responsabilidad y, en esencia, el mayor grado de responsabilidad es usarla con un gran respeto por la verdad. Si lo logramos, la oportunidad de dar mayor solidez a nuestra sociedad es enorme.


domingo, 18 de enero de 2015

Aquí no ha pasado nada

Dos semanas de 2015… y poco más. Inicia el año nuevo. Año nuevo, vida nueva, dicen. Pero, ¿de veras es así? Si uno lee los medios, parecería que sí. Los temas que sacudieron el cierre de 2014 ya están ausentes de los medios. Nada del decálogo de seguridad, nada del conflicto de intereses. Nada de la aprobación de las reglas anticorrupción. Ni siquiera del 911.

Si los grupos ligados a los 43 de Ayotzinapan no estuvieran haciendo provocaciones violentas, estarían en la página 25 de los periódicos y no estarían en la televisión abierta. Tal vez por eso esos grupos se han radicalizado, para seguir presentes. Y no los justifico. Pero esa parece ser la explicación de sus tácticas, aún a riesgo de que la población, sin apoyo de las autoridades, se les pueda enfrentar. Como ya está ocurriendo.

Estamos de lleno en la lógica del amarillismo. Si es nuevo, escandaloso, singular, entonces es noticia. Si es algo ya muy visto, aunque sea muy importante, no es noticia. Que un grupo se manifieste violentamente, es noticia. Si grupos mucho mayores se manifiesten pacíficamente en las plazas y en las redes sociales, no es noticia.

Estamos como sociedad en una especie de “síndrome de déficit de atención” colectivo. El tiempo no nos sana, pero nos hace olvidar. Los nuevos temas son las acusaciones a distintos actores políticos. Probadas o no: lo que importa es que sean nuevas. Otros ejemplos: el juego de las sillas musicales que juegan los partidos políticos para las próximas elecciones federales: todos buscando cambios, pero cuidando de no quedarse sin sillas. O puestos. Los pleitos internos de los partidos políticos, que siempre dan material para sabrosos chismes. Ah, y las nuevas licitaciones y las grandes obras; pero ni una palabra de las licitaciones tramposas, que quedan impunes.

Nuestra atención se ocupa por un tiempo breve y de ahí brincamos a un nuevo tema y a otro y a otro… como viendo programas de televisión una tarde. Creemos en lo que nos anuncian, sin molestarnos en comprobarlo. Creemos las acusaciones publicadas o creadas en los medios y no vemos si finalmente pudieron sustentarse y comprobarse. Y con ese modo de ser, no importa que tan grave sea un tema, pronto lo olvidamos y aquí no ha pasado nada.

Vienen nuevas elecciones. Si hubieran sido el 15 de diciembre de 2014, por ejemplo, todos los partidos políticos hubieran recibido votos de castigo. ¿Será igual en julio de 2015? Con tristeza lo digo: lo dudo mucho. Ocupados en el circo electorero, no daremos seguimiento a decálogos y líneas de acción. Leyes secundarias y reglamentaciones de las Reformas Estructurales se nos pasarán desapercibidas, como se nos han pasado los miles desaparecidos previos a los 43 y los que, tristemente, seguirán ocurriendo gracias a la impunidad. Como hemos olvidado los malos manejos de algunos políticos, como olvidamos la corrupción de los que no son políticos… en fin.


Hoy por hoy, muchos están apostando a nuestra desmemoria, a nuestro síndrome de falta de atención de la ciudadanía. Y, hasta ahora, están ganando la apuesta.