Algo interesante está ocurriendo en estas elecciones. Interesante
y grave. Hay un pasmo generalizado, o
casi, en el debate sobre quién debe ocupar el gobierno de Estados y
Municipios o representarnos en el poder legislativo.
Partidos y candidatos
están gastando miles de millones en una propaganda claramente ineficaz. Los
partidos mayores han perdido apoyo de la ciudadanía y ninguno de los menores ha
logrado el apoyo suficiente para substituirlos. La gran incógnita es: ¿Qué tan grande
es el número de los indecisos? Porque, de seguir esto así, serán los indecisos
quienes el día de las elecciones darán
las sorpresas, cambiando radicalmente todas las previsiones.
Evidentemente, tras de esta situación está la desconfianza ciudadana,
más elevada que nunca, hacia toda la clase política. Una campaña basada en el
descrédito al contrincante, no está redituando en prestigio para el que ataca.
Parece que los ciudadanos empezamos a entender la falacia del “tú estás mal, yo
estoy bien”, que comenté en un artículo anterior.
Tradicionalmente, las elecciones intermedias son el
territorio del abstencionismo. Lo cual, generalmente, ha beneficiado al PRI,
que tiene una mejor organización territorial y también al PRD, no tan fuerte como
el PRI en este aspecto, pero mejor que el PAN y los partidos menores.
Ahí, la propaganda no cuenta. Cuentan las dádivas, los acarreos, las prácticas
clientelares, los apoyos o cooptación a los liderazgos locales.
Pero también ha contado, en mi opinión, el hecho de que los
estrategas políticos no han podido salir de la trampa de predicar a los convencidos.
Me explico: los argumentos que están aplicando en su propaganda, solo convencen
a su “núcleo duro”, los que ya están convencidos de las bondades de su partido.
Solo así se explican los conceptos que usa en su propaganda. Ejemplos: los
adherentes del PRI sí creen que el PRI busca su felicidad. Los indecisos, no.
Los adherentes del PANAL están
convencidos de que “ser turquesa” es una excelente razón para votar por alguien.
La mayoría de los votantes, no. Los convencidos del PRD sí creen que ese
partido es su voz. La mayoría no están tan seguros. En ninguno de esos
ejemplos, el argumento usado es suficiente para hacer que los indecisos se
adhieran a una fuerza política dada. Mucho menos para convencer a los panistas
o a los morenistas de cambiar de partido.
Tristemente, no solo los mercadólogos de la política actúan así.
El fenómeno es muy extendido. Los argumentos de los ideólogos, rara vez
convencen a los que sustentan otra ideología. Por ejemplo, los socialistas
tratan de convencer a los neoliberales usando argumentos marxistas. Esfuerzo inútil:
esos argumentos solo convencen a los que ya tienen por lo menos una orientación
afín al marxismo. Le ocurre también a otros grupos. Los proponentes del aborto
a libre elección, nunca convencen a los que tienen creencias religiosas firmes,
con argumentos sobre los errores científicos de las religiones. Los economistas
de tendencia monetarista no convencen a los keynesianos. Los religiosos no
pueden convencer a los ateos, usando como argumentos su doctrina y sus dogmas.
Dada esa situación habría que desarrollar, en los políticos,
argumentos lógicos para convencer a los que no están convencidos. Analizar la
lógica de sus argumentos, y encontrar otros que sean creíbles para los que no militan
en sus organizaciones. Y, seguramente, también habrá que desarrollar argumentos
emocionales o de otros tipos, además de los argumentos lógicos y racionales.
¿Se podrá? Lo dudo. Ya queda poco tiempo para desarrollar
otros enfoques. Los partidos tendrán que confiar en la imagen, el carisma y
simpatía de los candidatos, la eficacia de los “operadores” y esperar que, de
alguna manera mágica, la mayoría de electorado se quede en casa viendo el
fútbol. Porque con argumentos como los que están usando, dudo mucho que se
recupere el entusiasmo y decisión de los que hoy no están interesados en votar.